Valencia,
15 de noviembre de 2015 – 9:00 horas
Una pareja de Córdoba, que
al casarse se traslada a vivir a Madrid. ¿Dónde va de vacaciones un matrimonio
con cuatro hijos pequeños? La mejor opción es volver al pueblo cada verano. Así
pasamos varios años, hasta que mi padre decide que es hora de que la familia
conozca el mar. Él ya lo había visto, cosas de la mili. Y como por tantos otros
madrileños, la ciudad elegida fue Valencia. A mí la playa me pareció el lugar
más maravilloso del mundo. El último día de vacaciones, mi padre me llevó a la orilla y
me dijo: “despídete del mar hasta el próximo año”. Pedí con todas mis fuerzas
poder volver de nuevo allí. Y el deseo se hizo realidad. A primeros de agosto
de 1978, regresamos ilusionados a Valencia, el día 8, mi padre murió de un infarto. Igual a
él le gustaba el mar tanto como a mí, y fue el mejor lugar para quedarse.
¡Qué dura de correr es la vida y no un maratón! Los 42 y pico, mejor o peor, se terminan en algún
momento. Los kilómetros de la vida hay que continuar recorriéndolos, aunque no
nos apetezca, ni nos agraden en absoluto.
No entraba en mis deseos
volver a Valencia, en ningún momento me lo planteé voluntariamente, hasta que
comenzaron a contarme compañeros a su regreso cómo era el maratón de esa ciudad,
se me llenaron los ojos de deseo al ver pasar por delante tantas fotos. Leí
todas las crónicas que pude localizar, de gente conocida, desconocida… En 2014
me hubiese gustado unirme a un grupo de personas a las que aprecio mucho, me
faltó valor, no era el momento…
Amanece, debo correr un maratón.
En la mañana del maratón
siempre hay un cóctel extraño de sensaciones y pensamientos: temor, alegría,
pereza, ilusión, fuerza, angustia, euforia… y tremendas ganas de empezar, ¡que
llegue ya!
Salimos del hotel, Rai,
Belén, Pedro y yo. Creo que hablando poco. No es que los maratonianos nos
levantemos de malhumor el día señalado, simplemente, en nuestra concentración podemos
ignorar un poco a la gente a nuestro alrededor.
Caprichos del destino, coincidir con Cyty Zalazarlg al salir del hotel camino del maratón |
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Apoyando al Reto Dravet con #lamorada |
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Tramo final antes de llegar a la alfombra azul |
Afortunadamente, en el
ropero no invierto ni cinco minutos en dejar la mochila. En los baños, la cola
de hombres es considerable, la de mujeres, bastante reducida.
En la salida, guardamos un
minuto de silencio por las víctimas de los atentados de París. A las 9, sale la
primera oleada de corredores, los de menos de tres horas y media, y los que correrán
los 10kms. Cinco minutos después me tocará a mí. Mientras recorro algunos metros hasta
traspasar la línea, coincido con Javi
Pintos, contrastamos nuestras sensaciones y los dos opinamos que el
calor de la mañana decidirá, finalmente, nuestra forma de enfrentarnos a la
prueba. Caminamos, más que corremos, durante el primer tramo algo estrecho,
hasta que salimos a una avenida amplia. Entre gritos, silbidos, risas…, nos
vamos despegando ligeramente unos de otros. ¡Con qué energía iniciamos esta
aventura!
Del
Km1 al 10.
Sobre el Km4,5, gritan a mi espalda: “una loba
esteparia siempre encuentra a otra”. Para mi felicidad, al girarme, descubro a Mónica Arce. Era inevitable que nos
encontrásemos, sin haber quedado, sin ponerlo en común, allí estábamos las dos,
comentando lo especial que era para nosotras estar en Valencia, pocas frases, solo
alguna mirada con la que nos decimos todo, corremos unidas.
En el avituallamiento del Km5, Mónica, más cerca de las mesas,
agarra una botella de agua, me grita que lo deje, que tiene otra para mí, y
tratamos de alejarnos sin tropezar con las botellas, los tapones…, y bebemos un
poco más adelante. Cada una vamos metida en nuestra carrera, largos silencios,
algún comentario, una sonrisa, sabemos que esto va a ser largo, mejor no
desgastarnos innecesariamente. El calor es importante. Empapada por la humedad,
casi desde el inicio.
En estos primeros kilómetros
corremos bastante agrupados. No hay peligro de despistarse y errar el
recorrido. También ayuda que una eterna línea azul nos marque las zonas de la
carrera, ante la duda, mira hacia el suelo y sigue ese color.
En el Km7 atienden a un corredor tirado en el suelo ¿cómo se hace para observar a alguien así, mirar hacia adelante y proseguir corriendo? Seguramente, debe
ser similar a lo que nos sucede al ver la televisión, nos impresiona una
noticia, dejamos de prestarle atención, y reanudamos lo que hacíamos.
Bandas de música repartidas en
diversos puntos hacen resonar los tambores. Les encuentro sentido. Me recuerdan
a los de la selva, nosotros somos posibles animales a cazar y el tambor nos va
indicando que la fiera puede andar cerca, ¿a quién le tocará el zarpazo de un
calambre, de un dolor, de una lesión repentina? ¿A quién le alcanzará el del
mazo? ¿Quiénes se salvarán? Sigo corriendo, algunos kilómetros después, otro
grupo, con nuevos tambores que me aceleran el corazón.
En el Km7,5 distingo el primer difusor de agua. Lo que la organización
llama de forma tan bonita, son simples mangueras conectadas a un camión y
sujetadas por una persona. Le digo a Mónica que me voy al lateral, no me
apetece ir más húmeda. Ella, titubea, y finalmente, decide no mojarse tampoco. A
la mayoría parece apetecerles pasar bajo el chorro.
De nuevo avituallamiento, en
el Km10, no dejes pasar ninguno, hoy
es una orden personal. Aprovecho el agua y tomo mi primer gel.
Del
Km11 al 20.
En el Km11 está Belén Delgado.
Al verla le grito “¡Mónica va conmigo!”, sé que no me entiende, tenía que
intentarlo. Poco después se nos une Prado
Gutiérrez. Creo que llega más fresca que nosotras, lo digo por más
habladora.
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Foto de Belén en el Km11 |
Medio kilómetro después, qué subidón al ver a Agustín Rubio y Soraya Casla, con la bandera de los Tigers Running Club. En una ciudad que no es la nuestra es muy importante ver a alguien conocido de vez en cuando, aunque sea un instante, da fuerza, seguridad, nos aporta ese segundo de alegría que ayuda a relajar la mente. Un maratón se queda con parte de nosotros por el camino, a cambio, debemos llevarnos algo que merezca la pena recordar.
En el Km15 va siendo hora de agarrar las pasas. Las liebres al pasarnos
nos recuerdan que hay que beber, que la mañana va a ser dura.
En el Km16,5 me paro para pedirle vaselina a Pedro, por las rozaduras entre
las piernas. Para mí la opción del pantalón corto no es acertada
en esta distancia tan larga, la pirata siempre me evita estos problemas. En
este punto pierdo a Mónica y a Prado.
De
la Media al Km30.
Antes de concluir la Media,
Ángel Sánchez, o Contador, me descubre y grita mi nombre a pleno pulmón.
Atravieso el asfalto de punta a punta, para rozar al menos su mano. Al
acercarme me pregunta si voy bien, y comenta que me ve genial.
Suenan constantes pitidos
intermitentes, acabamos de traspasar el Km21.
Logro hacer la Media en muy buenas condiciones, me siento genial, tranquila, fuerte. Es un punto crítico, con gente andando, o agarrándose la pierna tratando de mitigar
el dolor, o estirando en los bordillos de la acera. El público se vuelca en todo
el recorrido. Las mujeres, al ver a otra corriendo, saben por quien tomar partido.
Los niños, con toda su paciencia, extienden una mano con la esperanza de que
alguien se la choque. Otros preguntan: ¿y papá? Imágenes que
pasan muy rápido, ni siquiera somos conscientes de que las hemos captado, hasta
que días después, nos sentamos a escribir, a tratar de recordar lo vivido y
surge todo de golpe, y se nos hace un nudo.
Sobre el Km24, de nuevo Belén. Después Agus,
Soraya y Julián Domínguez.
En el Km26 aguarda Pedro, como no necesito nada, aprovecha para sacarme
fotos. Éste y el 27 los corremos paralelos a los Jardines del Turia.
Hasta el Km30 la carrera transcurre según lo
entrenado. Permanezco optimista. No voy a lograr menos de cuatro horas, puedo
luchar para quedarme cerca. Acuso algo el calor y llevo exceso de líquido
dentro. Empiezo a tomar isotónico y orejones.
Del
Km31 al 39.
Es el primer maratón con necesidad de ir al baño, ¡el exceso de agua!, pese a la situación en el 10,
20, 30 y 40, no localicé ninguno.
En el Km32,5, los de la manguera han formado un charco inmenso sobre el
asfalto. Los corredores no nos queremos mojar los pies, porque si lo
atravesamos, nos cubrirá el agua hasta el tobillo. Comenzamos a corretear hacia
un lado y hacia el contrario, tratando de buscar la zona menos profunda. En el
deambular, me gano un pisotón accidental de otro corredor, me machaca el dedo
gordo del pie izquierdo. El dolor aparece como ligero en su inicio, pero irá
aumentando según transcurran los kilómetros.
A partir del Km34 el maratón cambia un
montón, dejamos las amplias avenidas y se estrecha el lugar por el que corremos.
Cuesta avanzar entre corredores que van andando, hay que prestar atención porque
otros se paran de golpe y debemos esquivarlos, o frenar en seco, para no
golpearnos contra ellos, los ritmos caen, se nota el cansancio.
El público se reduce durante
un tramo, para reaparecer en los kilómetros finales en los que son tan necesarias esas
voces que nos empujan.
En el Km35, pienso que mi carrera puede hallarse sentenciada. El dolor se
torna insoportable, desde el dedo, ha subido hasta la rodilla y lo noto por el muslo,
camino del glúteo. Si quienes no corren nos leen, pensarán que lo que contamos son
simples excusas, sin serlo en absoluto, para justificar una mala o fallida
carrera. El maratoniano se propone correr lo mejor que ha entrenado, o puede
hacerlo ese día, por su parte, el maratón dispone lo que nos tocará a cada uno
de nosotros. Me espera Pedro. Al no disponer de un pie de recambio para mí, no le comento nada sobre el suplicio para no preocuparle.
En el Km36, el dolor del pie se torna insoportable, piso mal y afecta
también al gemelo. Encuentro a uno de los voluntarios con Reflex y el líquido
me ayuda a continuar. En este kilómetro llevo el estómago muy lleno de líquido.
Solo he tomado un gel y pasas hasta el 30. A partir de ese kilómetro, he
sobrevivido a base de orejones, me hubiese venido genial tener algún otro gel
dentro del cuerpo, pero el miedo a que no aguantase el estómago ha impedido que lo tomase.
A pesar del estómago
revuelto, sigo bebiendo porque en los dedos de los pies han aparecido ligeros calambres, no quiero padecer los estragos de la deshidratación.
Del
Km40 a la META.
En el Km40 me paro. Agarro un vaso de isotónico y sin pensarlo lo trago
con ansiedad. Nunca he tomado más avituallamiento del que pensase me
correspondía. Pido perdón a la voluntaria y agarro un segundo vaso. Me lo bebo
igual de rápido, no me da ni por pensar si me va a sentar mal. Estoy colocada
como un ave zancuda, la pierna izquierda encogida para reposar unos segundos el
pie del asfalto. ¡El dolor me está matando! La chica me sonríe y me dice: “toma,
María, te dejo esta media botella, para que te la lleves, verás cómo así
consigues llegar hasta la meta”. Le doy las gracias, reanudo la carrera, y le
vuelvo a agradecer su gesto.
Seguramente ese ángel con
papel de voluntaria, sí que me ayudó a alcanzar la meta. Corro… y bebo…;
corro… y bebo… El estómago no va nada bien pero la verdad que me reanima cada trago que doy. Agarrada a esa botella, no quiero dejarla por nada del
mundo, parece posible el final.
Noto de repente que he
comenzado a hablar en alto, un corredor grandote, más alto que yo,
mira hacia abajo con cara de sorprendido, y caigo en mi charla: “vas a correr sobre
el agua; lograrás conquistar la alfombra azul; te quedan dos kilómetros; sí es
posible, vas a terminar…” Y así prosigo, hablándome, corriendo y bebiendo. Avanzando.
En el Km41 hay corredores que literalmente se clavan al suelo, agachan la
cabeza, y ya no logran continuar. Me gustaría gritarles: “¡no, tan cerca, no!
¡Sigue!”. Pero no tengo fuerzas. La gente sabe leer las caras de los
corredores. Corro mirando al suelo, mi gesto no debe ser el mejor del mundo. Deben
pensar caeré también, que me pierden, y leen el nombre en mi dorsal y se
inicia el milagro de los ánimos personalizados: “María corre, María que ya lo
tienes, los críos me corean. No me quedan fuerzas, no sé dónde las busqué, ni
de dónde surgieron, me veo chocando manitas, dando las gracias, forzando sonrisas
que regalarles. Esas personas a la que no conozco, ni volveré a ver, me están
proporcionando el impulso necesario para llegar hasta el final.
Ver por fin la Ciudad de las
Artes es increíble, como entrar en una película, las pupilas se agrandan para
no perder detalle. Toda esa marea humana gritando, al otro lado de las vallas, parece
empujarnos con cada palabra. Confieso que voy tocada. Hay gente aún peor, los corredores
a los que logro dejar atrás, más lentos que yo. Algunos caminan con la barbilla
rozando el pecho, abatidos, les veo rodar una lágrima por la mejilla. No es
momento para ser sensibles, es hora de ser dura, de proseguir avanzando, pensar
únicamente en que esto se acaba, en que yo sí acabo.
¡El cartel del Km42 es lo más maravilloso! Tras
dejarlo atrás, un giro, un tramo recto, y finalmente la alfombra azul. ¡He
logrado llegar nuevamente hasta ella como una corredora, he logrado entrar en
META corriendo! No me han vencido ni el calor, ni el dolor, ni el agotamiento. ¡CONCLUÍ, al fin, mi QUINTO MARATÓN!
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Foto de Ana Korricolari |
Al cruzar la meta me siento
verdaderamente cansada. No es el maratón que quería correr, no es el que traía
entrenado. Es el que me ha tocado, es el que he hecho, el que he corrido.
Lograr cruzar esta meta ha sido muy duro, todo el camino en su conjunto, desde
tomar la decisión, pasando por los entrenamientos, hasta situarme en Valencia. No
es nada recomendable llegar a un maratón con un cinturón lleno de sentimientos,
el de los geles se va vaciando, las pasas se agotan y aligeramos algo de peso,
pero los sentimientos permanecen, nos persiguen por todo el recorrido, y llegan
con nosotros hasta esa línea donde podemos posarlos y despedirlos.
Recojo el avituallamiento,
me dan la medalla, y sin mirarla, la guardo
en la bolsa. Esta quinta es un poco agridulce, no es la que me ha puesto más contenta.
Terminar este maratón, simplemente, hace que me haya quitado un gran peso de
encima. Debía correrlo, tenía que volver a Valencia, si mi padre me enseñó algo
que tanto le gustaba como era el mar, yo tenía que enseñarle a él, que pese a
lo que sufro, a mí me gusta mucho correr un maratón, porque durante esas horas
me siento más viva que nunca.
No sé si regresaré o será la
única vez que habré corrido sobre el agua y sentido que la alfombra azul, tiene
un poco de vida también, con cada zancada se mueve, vibra, igual que lo hacemos
los maratonianos al traspasar la meta. Es un maratón muy recomendable, y el lema de "no es lo mismo correr, que correr en Valencia", completamente cierto. Y de los valencianos, ¡qué contaros!, tan volcados tanto con la prueba como con los corredores.
Tenía pensado, si lograba un
tiempo de menos de 4 horas, que éste fuese mi último maratón, como me he
quedado 18 minutos bastante lejos del objetivo y todo se ha alineado en contra,
significará que debo ir buscando uno nuevo que correr.
Me cambio de ropa. Me cuelgo
la medalla, y a comer y a pasear por la Malvarrosa, que hay que sufrir lo justo
y disfrutar todo lo que podamos.
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Restaurante Els Angels |
Grata coincidencia con el gallego Óscar Miranda, que tras correr el maratón, come también en Els Angels en la Malvarrosa y aprovecha para pasear por la playa |
¡Filípides, pienso ganarte también en el sexto, espérame! |
Saludos, abrazos, besos,
María Caballero
@MCG66Madrid