Sevilla,
23 de febrero de 2014 – 9:00 horas
Soy madrileña, he nacido en
esta ciudad y así me considero, además amo su estrés, sus prisas, sus atascos,
sus agobios en el metro… es algo que descubro cada vez que dejo Madrid, principalmente si llego a un
lugar más pequeño y tranquilo. Eso hasta que me bajo del Ave, en Santa Justa, Sevilla, y entonces mis raíces se
remueven y algo me grita que también soy andaluza, por mis padres cordobeses, y
entonces se me mete muy dentro ese tomarse la vida de otra forma, el acentillo
de la gente del sur, que me encanta… Por eso, me apetecía especialmente correr
mi segundo maratón aquí, el primero en casa, el segundo algo cerca de mis
orígenes…
He llegado con un equipaje
que pesa y otro que me aligera la carga cada vez que lo recuerdo, el apoyo de
los míos, todos esos mensajes de amigos, conocidos, mis tuiteros, mi gente de
Facebook. Esas palabras que van calando, y se van posando muy dentro y hacen
que la fuerza esté arriba y las ganas de luchar la prueba, muy viva.
Os deseo a todos los que os
enfrentéis a una prueba tan dura como es el maratón que nunca os falte una
frase de aliento, un comentario positivo (aunque sea mentira) del tipo: “tú
puedes, lo vas a lograr…”. En las horas previas, con las dudas, los temores… y
todo lo que hace que nos tambaleemos un poco, es lo que nos protege de que no
salgamos corriendo justo en dirección contraria a la que se celebrará el
maratón.
Dejo todo preparado sobre la
mesa, repasado un par de veces, para asegurarme de que por la mañana no voy a
olvidar nada, ni que tendré que estar rebuscando en la maleta, nerviosa.
El domingo del maratón no
comienza a la hora en que realmente me levanto. Ese domingo del maratón
comienza muchas horas antes, justo cuando el sobresalto me despierta porque ¡no
consigo alcanzar la meta, se aleja y aleja…! y eso es justamente a las 4:30 de
la madrugada. Después el sueño viene…, va…, nada de forma continua.
En este día no me juego
nada, mi desayuno habitual ha venido conmigo. Traigo de mi casa un termo con
café (sin leche, claro), mi pan, mi paté y las pastillas antidiarreicas, porque
después de leer que durante el maratón los intestinos se descontrolan no pienso
correr ninguno sin ellas. Menos mal que traje los geles habituales, en la Feria
del Corredor no los había.
El autocar nos traslada hasta
el Estadio de la Cartuja. Por la vuelta a Andalucía parte de la ciudad está
cortada y damos un amplio rodeo que nos permite ver algo más de la ciudad.
Bajo tranquila hasta el hall
del hotel. Me subo al autocar y los nervios parecían que me aguardaban en ese
asiento. Veo muchas caras que también andan muy parecido o peor que yo, como
Valentín que debuta aquí, a Rai le veo ya en su línea habitual… Intento
contestar algunos mensajes de la noche anterior, me tiemblan las manos y decido
dejar el móvil para un momento mejor.
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Hasta llegar al ropero hay
un montón de fotógrafos de la organización del maratón que nos van parando. Carlos
Mascías, Alberto Barrantes y alguno más van cantando, dando la nota… No quiero
fotos, ni hablar, sólo quiero que den las 9 y el pistoletazo de salida me lance
carretera adelante.
Entramos todo el Equipo en
el cajón de 3:30-3:45 horas. Suena
a todo volumen AC/DC y su “Highway to hell”.
Nos vamos deseando suerte y
ya se comienzan a ver los pequeños subgrupos formados para afrontar la prueba.
Es curioso cómo las chicas nos separamos y está claro que cada una va a luchar
sola, con sus medios, Amalia -se conecta la música-, Iri -mira al suelo-,
Arancha –sigue sonriendo-, y por supuesto yo que en éstos minutos de espera ya
no puedo ni hablar, les miro pero no contesto a lo que hablan, necesito ese
momento de concentración, de paz interior que me dé seguridad, centrar la
cabeza por encima de los nervios, del ruido, de los gritos de Carlos Mascías y
Alberto Barrantes, de la cháchara constate de los que no conozco y siguen como
si esto fuese una casa de apuestas con lo de en el km tal a tanto, y en el
siguiente a… Nunca me he planteado correr un maratón dependiendo de nada, si
corro con un compañero y en un momento de bajón (como es lógico) tira y me
abandona ¿a qué me agarro?; si cuando lleguen las dificultades espero que la
música me salve y falla la batería o cualquier otra cosa ¿qué me ampara?... En
el maratón surgen muchos imprevistos con los que no contamos.
Desde donde estoy no escucho
el pistoletazo de salida, advierto que los de delante comienzan a moverse y
conecto el crono y el pulsómetro. ¡Funciona como un bálsamo, los nervios se
despejan, ya solo pienso en correr! He decidido apostar fuerte, hacer el
maratón a ritmo más alto que el anterior, aquí puede ser posible, en Madrid,
sería impensable, por una vez me apetece probarlo, en el anterior disfruté, en
éste veremos qué pasa.
Noto que la gente empieza
muy fuerte, es por el cajón desde el que hemos salido todo el Equipo. La zona
es amplia, corremos bien, sin aglomeraciones. En los primeros kilómetros voy
pendiente de la ciudad, no cuesta nada avanzar, las calles son estrechas comparadas
con las de Madrid. Me fijo en las pocas mujeres que llevo alrededor, apenas
tres o cuatro. Así transcurre el tiempo y llego al km5. De momento, voy cómoda, hasta ver el desastre que supone el
primer avituallamiento. La carretera
encharcada, todo el suelo regado de tapones, vasos de papel y de plástico
pisados, ni un centímetro libre. No quiero imaginar lo que tendrán que saltar
los que vienen detrás, ¡qué poco compañerismo, qué falta de respeto hacia al
resto de corredores! Sólo está colocado al lado derecho y los corredores que lo
ignoran comienzan a cruzarse la carretera desde el lado izquierdo. No paro, llevo
agua encima.
En el km7 alguien me grita: “qué bien corres guapa, te veo genial”, me
saluda con la mano y me desea suerte. Es un africano con un montón de bolsas en
el suelo que se ha quedado en medio de la carretera al que se le ve muy
divertido con la carrera. Unos chicos entre risas me comentan: “ya te ha salido
un admirador y todo”. Dame tiempo, amigo, pienso, y descubrirás lo bien que
corro.
El resto del tramo
transcurre sin mucha novedad, pasamos delante de la Torre del Oro, alguien comenta: ¡pues qué enano que es esto!, de la Maestranza. Comienzo a notar el
calor. Descubro un reloj con 16º.
En nada estamos en el km10, allí anda Loli Cobos, ni me ve,
le grito y se pone a chillar y a animarme. He conseguido hacer los primeros
10kms en poco más que mi marca en esta distancia. Bueno… acabamos de empezar.
En el km15, pasamos delante del hotel en el que estamos alojados y de la Macarena. Hay un montón de gente,
entre ellos Loli, nuevamente, que salta y grita y contagia a los que están
alrededor que también me animan. Llevar el dorsal personalizado con el nombre
desconcierta, en el sentido de que alguna gente grita mi nombre y no me da
tiempo a saber si son conocidos o no. Y llega el momento de ese orgullo
femenino, esas mujeres que me gritan: “con un par de ovarios, qué poquitas sois
y qué mérito mi alma”, se me eriza la piel al recordarlas, ¡quiero una foto de
esas mujeres con el puño en alto! Y de las señoras que al son de las palmas nos
cantan: “esas mujeres corredoras por las calles de Sevilla! En este punto, no
puedo parar de llorar, dejo de escribir, apago el ordenador…
En este km15, y en otros puntos a lo largo de todo el recorrido están
situadas esas #mujeresqueaniman,
Berta, las Saras, Márquez y Vaquerizas, Marta y Vir Núñez, las mujeres de
Óscar, de los Rafas, de Bernal, la mujer de Julián y su hija Sandra, a Elena
Jiménez y a sus hijos ya los tuve de
animadores en el Mapoma, qué energía pone en sus gritos esta mujer, con esa
sonrisa que ilumina el asfalto y envuelve a cada corredor como si nos fuese a
dar un abrazo. En esta prueba esas son las cosas que hacen que sigamos, que nos
van metiendo pequeñas dosis de fuerza, reponiendo la que vamos dejando por el
camino.
Cerca del km16 está situado David Rodríguez (@_Bilito) para cazarnos a los Drinking Runners en
esa foto corriendo y sacándonos nuestra mejor sonrisa.
Sigo cómoda con el ritmo, el
calor ya se va pegando demasiado al cuerpo. El único tramo bueno es junto al Guadalquivir, me sorprende la cantidad
de agua que tiene el río, me hubiese corrido todo el maratón junto a él, el
único momento en el que el calor se hace menos agobiante.
Voy metida en mi mundo,
pensando si debería bajar el ritmo o seguir con mi apuesta. Estoy genial, solo
me preocupa que voy bebiendo más de lo que acostumbro y no sé si el estómago
con tanto líquido y los geles va a aguantar. Y junto al atronador speaker que
anuncia que llegamos a este punto, una voz conocida me levanta el ánimo de
golpe, es el km21: “vamos, María,
que vas genial” y descubro a Rafa Vega
con su tranquilidad característica y esa sonrisa de gran amigo. Tras una curva y
pocos metros después Natalia @Nat_Paris,
solo nos conocemos por twitter, y no la reconozco, horas más tarde me dice que
era ella, con voz muy dulce me grita: “María, genial, que vas para sub 4”.
En el km25 descubro que el agua que me tenía que durar hasta el km30 se
me ha terminado, eso, el cansancio, y el sol pegando fuerte hacen que tenga el
primer momento no muy bueno. No quería recurrir al avituallamiento de la
carrera tan pronto. Veo gente vomitando junto a los árboles; otros que van
andando, con los brazos colgando, algo derrotados; corredores estirando gemelos
en los bordillos. Imágenes que no deseo retener, miro la carretera e intento
fijar la mirada en algo agradable.
En el km28 me pesan algo las piernas, miro el reloj y mi ritmo ha bajado
bastante. En el km30 llega el
desastre, como me ocurrió en la Media de Getafe el llano se apodera de mí, me
puede, me supera… no es mi terreno, comienzo a ser consciente; tengo que viajar
hasta aquí para añorar las cuestas de Madrid, ese Ángel Caído del parque de El
Retiro que tanta manía le tengo hoy me lo habría colocado aquí delante. Ver a Marta Chavero gritando con el brazo en
alto, con esa energía que le da para llenar toda la calle “vamos, María, vamos,
que puedes”. Nunca imaginarás cuánto me ayudaron tus voces, si me llegas a dar
uno de esos abrazos tuyos tan apretados vuelvo a recoger el ritmo perdido sin
pensarlo. Comienzo a usar el avituallamiento. Los voluntarios son muy jóvenes,
encantadores, miran el nombre y personalizan la entrega del agua: “vamos,
María, agua fresquita, qué bien viene! En el deseo de no hacernos perder tiempo,
casi nos tiran toda el agua sobre los corredores al entregarnos los vasos.
Estoy acostumbrada a correr
sufriendo cuesta arriba, recuperando cuesta abajo, y metiendo velocidad en los
tramos cómodos, por ello, este terreno monótono, este pim pam, pim pam… tan
constante al correr, ¡me está matando! Este desconcierto y empezar a pagar que
he entrenado durante tres meses con temperaturas muy bajas, menos de 8º casi
todos los días, y tener ahora 18º y una sed intensa y el estómago pesado,
consiguen que llegue al km32, en
peores condiciones de las que le desearía a cualquiera, así que a mí... El Parque de María Luisa es precioso,
invita al reposo, a la tranquilidad. La Plaza
de España, increíble, en ambas zonas
multitud de gente animando, volcada con nosotros. Se me está haciendo duro
superar cada tramo, sólo deseo ver el 35,
la Avenida de la Constitución, es la
pequeña marca que me voy señalando; y lo alcanzo, con bastante esfuerzo y puedo
jurar sobre ese cartel que el maratón es cabeza, lo sabemos en teoría, pero descubrirlo
en mi piel hará que no lo olvide jamás, en ese instante, en el que esos trozos
de carne ya dejan de querer estar ahí, desean relajarse, abandonar, tomarse
algo en ese bar del que sale un olor tan rico… es entonces cuando o ponemos el
coco o nos vamos con todo el equipo a casa y un sabor muy amargo. Pensar a veces es bueno; en otros tramos
mejor no hacerlo y dejarse arrastrar como un río de colores, de piernas que se
mueven unas tras otras, y meditando poco más tarde me llegó la tortura… ¡Qué
preciosidad La Giralda!
En el km36, descubro andando a Pablo Carmenado acompañado de Daniel
Fuentes. Pablo comenzó el maratón con problemas en una pierna y está luchando
como el ¡oh líder de los Drinking Runners que es! Les paso con un saludo y poco
más. Reservo las fuerzas…
En el km38, por primera vez, en mis tres años como corredora popular, me
comienzan a dar unos calambres en los pies increíbles; el derecho aguantaba, el
dolor en el izquierdo hacía que se me doblase la pierna. Tengo miedo de no
poder terminar. Bajo el ritmo.., resoplo…, respiro… y se marchan los calambres,
para volver de nuevo con más intensidad unos minutos después. ¡No me quiero
quedar aquí, no me quiero quedar aquí! ¡Cuántas veces me repetiría eso, que
casi me como a un corredor, ni veía! Me preocupa que en uno de esos embistes
del dolor me pueda ir al suelo, que me levanto y sigo lo puedo jurar, pero ¿y
si la organización no me deja continuar?, en definitiva está ahí para eso, para
salvarnos de nosotros mismos, cuando nos da igual hacernos daño, cuando somos
nuestro peor enemigo y alcanzaríamos la meta incluso arrastrándonos por el
suelo.
El maratón está claro que es
una fiera salvaje, podemos llevarlo domesticado unos kilómetros, en el momento
más inesperado se revuelve y de un zarpazo nos deja tocados, o hundidos, eso
depende de nuestra capacidad de reacción, de la fuerza, del coraje.
Creo que a partir de este
kilómetro me pasa Arancha que va genial, después Iri, la veo muy bien; pocos
metros después Isa, que va lanzada. Me alegran el momento y me dan seguridad,
¡somos luchadoras, lo conseguiremos!
Es todo un estímulo
descubrir a la mujer de Julián Hurtado y a su hija Sandra tras la cámara gritándome las dos. No recuerdo si en este
punto tengo energía y ganas de sonreír.
¡Qué bonito ver ese cartel
del km40!, si tuviese fuerzas me
pararía para abrazarlo. ¡Qué largo el parque del Alamillo, señor! He llegado hasta aquí y quiero traspasar ese trozo
de plástico por el que en definitiva estoy luchando, ese marco que dice Meta y
que me va a depositar en la gloria.
Cada vez me cuesta más
avanzar. No conocer Sevilla me provoca que me dé igual ver este edificio o el
de más allá, no consigo calcular ya las distancias y no me hago una idea de
cuánto queda para el final, ya en el km41.
La alegría comienza al ver
las vallas, AHÍ ESTÁ, una hilera de colores va avanzando para encontrarse con
su triunfo. Todavía es largo el camino hasta entrar, ya me da igual, tengo el
corazón completamente acelerado, las fuerzas ya no sé dónde buscarlas, estoy
vacía… una curva y veo la META,
estoy en el Estadio de la Cartuja,
al descubrirlo es como si me encendiesen una luz para sacarme de las tinieblas
de las que vengo; la gente nos grita, siento un escalofrío ¡lo he conseguido!,
¡ya nadie me lo va a quitar! No sé de dónde saco la energía, ¡qué ovarios!, agarro
los últimos metros mucho más rápido que he conseguido correr los últimos
kilómetros y entro CORRIENDO…
No debí hacerlo en muy buenas condiciones. Nada
más traspasar esa maldita línea de los 42,195 metros veo a David Rodríguez que
deja la cámara y viene hacia mí, en el
mismo instante en que dos chicos, muy jóvenes de emergencias, me agarran por
los brazos y me preguntan: “¿estás bien?, de todas formas ven con nosotros”
dicen y Pablo Carmenado que me grita: “María, ¿estás bien?, María contesta
joder…”. Y no es que estuviese tan mal, ni que por borde no les hiciese caso,
es que estaba dando GRACIAS, y gracias, continuamente y repitiendo LO HAS
LOGRADO, lo has logrado… lo has logrado… solo que la voz ya ni me salía. Entonces fui
consciente de que me encontraba bastante mareada, completamente agotada, esta
vez sí creo que lo he dado todo, y me recuperé bastante bien, porque sólo me
preocupaban dos cosas: una, recoger la medalla, porque no me iba de Sevilla sin
ella, por si, como en otros maratones no había para todos, yo quería recoger la
mía ¡ya!; y dos, llegar al autocar que me llevase al hotel de vuelta, ni pensar
quería en tener que buscarme la vida sola con ese cansancio. David me comenta que no fue capaz de disparar la foto al verme llegar, pues me voy sin foto, feliz, porque pese a todo consigo mi mejor marca con 4:07:44 en mi segundo maratón.
Siempre le estaré agradecida
a Fer, compañero Drinking Runner,
que me acompañó hasta que el agua fresca y relajarme me volvió a dejar en
condiciones para continuar yo sola… Nunca sabré si habría caído de cabeza
contra el suelo al cruzar la meta, esos dos ángeles que me agarraron lo
impidieron. En este maratón he tenido muchos otros ángeles, repartidos por el
camino, con una cámara en la mano, como David, Sara Vaquerizas, Macu García,
Sandra Hurtado; gritando, como #lasmujeresqueaniman
conocidas y desconocidas, corredores vestidos con #laverde; esos que se quedaron en Madrid, preocupados porque a
tanta distancia no sabían si me iba bien o regular, y esperaban a tener
noticias de que por fin había terminado la prueba; pero principalmente un gran
ángel o diablo, de pelo negro y pequeño tamaño, enganchada a tuiter, con quien he
corrido, y con quien tendré que seguir haciéndolo (espero que mucho tiempo) que
me iba dando toques cada vez que me veía correr con la cabeza baja mirando el
asfalto y que no ha permitido que ni el calor, ni el agotamiento, o los
calambres me dejasen abatir.
He cruzado dos metas del
maratón y en ninguna he llorado, ni antes, ni al traspasarla, esta vez ni
siquiera al ver a los compañeros y felicitarnos sonriendo, aquí sentada ya he
descubierto la razón, es por temor a que Filípides me crea débil y en el
siguiente maratón me busque entre tanto corredor para arrearme bien fuerte, por
eso, hasta que no estoy muy lejos de él no me permito llorar o hasta que me
siento a escribir esta crónica y ya no tengo control, y arrojo todos los
sentimientos que provoca esto, que además engancha, y que me ha atrapado y
seguiré haciendo, que se llama correr un MARATÓN.
Igual tengo que volver por
Sevilla para ver la ciudad un poco más despacio y disfrutar de todo este
recorrido.
Me llevo en la maleta, la
satisfacción de haber vivido una gran experiencia con el Equipo que todo
corredor desea tener, con esos locos Drinking
Runners que tienen tantos valores y la alegría de que la expedición que
vinimos a correr hemos traspasado todos la meta y nos vamos con la medalla al
cuello y la felicidad en el corazón. A todos y cada uno de vosotros un beso
enorme, y un abrazo como el que nos damos cada vez que logramos superar una
prueba tan dura como ésta.
Y en la mochila cargo, una
gran enseñanza, que el maratón tiene un objetivo prioritario y es quedarse con
el corredor, vencerle, reírse en su cara si puede, eso que tantas veces
escuchamos lo aprendemos de golpe, no hay que menospreciar ni dejar de temer
nunca a esos 42,195 metros porque ni llano ni con cuestas nos lo va a poner
fácil, he corrido dos maratones y han sido completamente diferentes, pronto
afrontaré el tercero, el 27 de abril, entonces os cuento si se parece al primero
de Madrid, o al de Sevilla, o termino descubriendo nuevamente que no hay dos
maratones iguales en absoluto.
Corredor, persigue tus
sueños, no dejes que nadie decida por ti.
Saludos, abrazos, besos,
María
Caballero
@MCG66Madrid
Fotos de David Rodríguez (@_Bilito):
Fotos de Sara Vaquerizas (@SaraVaquerizas):
http://www.flickr.com/photos/118696647@N06/sets/72157641503444774/
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Fotos de Sandra Hurtado (@8Sandra10):
Fotos de Macu García: