Corriendo
el Maratón de Málaga.
Lo bueno de correr en otra ciudad
es poder elegir nuestra “casa temporal” lo más cerca posible de la salida del
maratón, no depender de medios de transporte, llegar dando un paseo, calentando
piernas.
Este maratón comienza muy
temprano, a las 8:30 horas, hace apenas un rato que ha amanecido, mientras
camino hacia el ropero la luz se va haciendo cada vez más intensa. Ya hay
ambiente, no demasiado, no suena esa estruendosa música a la que estoy tan
acostumbrada en Madrid, que estimula el alma y provoca tantas ganas de correr.
Somos pocos corredores, tan solo 3.000, más bien parece una carrera menor.
El ropero está situado en la
Plaza de Toros, nada más acercarme veo al grupo Coentrena, con Óscar de las
Mozas de capitán, preparándose para la carrera. Un fugaz saludo a todos y a
dejar la mochila, que aún me queda ir al baño y colocarme en mi cajón.
Al salir del ropero gritan
mi nombre y por fin desvirtualizo a Manuel
Espinosa, con un abrazo breve, pero intenso, nos deseamos suerte. ¡Qué pena
no haber tenido más tiempo para charlar!
Manuel y yo, desde la noche
antes, gracias a Pedro Las Ilustraciones de Santacenero ya somos
parte del Maratón de Málaga, incluso antes de correrlo, por esa caricatura que
nos regala.
Se me hace muy raro tan poca
gente en una carrera como ésta. Mientras me voy abriendo paso entre los compañeros
para situarme en mi cajón, me agarran del brazo y encuentro a un sonriente Juan Andrés Camacho El Corredor Errante, ya era hora de ponemos
cara, y es aquí en su tierra.
No estoy tan nerviosa, ni llego en mi mejor forma,
por el cansancio, como otras veces, lo que sí tengo claro es que vengo a
terminar lo que en breve comenzará.
Del
Km1 al 10.
Anuncian que primero tomarán
la salida los corredores en handbike, ¡después iremos nosotros a la batalla!
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Foto cedida por la organización del Maratón de Málaga |
La salida discurre sin
problema, avanzamos sonriendo, saludando a los familiares que nos desean suerte
a gritos desde detrás de las vallas. ¡Es increíble la de gente conocida con la
que me voy cruzando en los primeros metros, la mayoría son de Madrid!
A nuestra izquierda dejamos la
Universidad de Málaga y el Ayuntamiento.
¡Es precioso correr junto al
mar!, girar la cabeza a la derecha y contemplar esa paz del agua de los días en
calma, el sol sigue su avance subiendo lentamente hasta completar el amanecer,
los corredores avanzamos contentos por el Paseo Marítimo.
Daniel
Fuentes deja a su grupo momentáneamente atrás para colocarse a
mi lado, desearme que me vaya bien, comentamos cómo nos encontramos y él regresa
con los suyos, yo sigo mi camino.
Pocos metros después, sobre
el Km3, aparece Juan Andrés, con sus amigos, me saluda, le deseo suerte y les veo
desaparecer entre otros corredores.
Tengo establecido beber
desde el Km5, aunque no tenga sed, es una obligación, va a hacer calor y no
quiero problemas como en Sevilla por falta de líquido. En el 10 comenzaré a
tomar gominolas.
Se sitúa a mi lado un
corredor, es José Luis Serrano, de
Madrid, correremos juntos hasta el Km10,
charlamos de nuestras carreras, de otros maratones, de cómo nos encontramos en
éste. En el Km6, ya de subida,
aparece el primer corredor en handbike y en el 7 vemos la cabeza de carrera, los primeros juntos, después corredores
solos, muy distanciados entre sí, hasta que aparece Abel Antón, bien rodeado, y a continuación el resto de los grupos ya
van más apiñados.
José Luis y yo corremos
tranquilos, ninguno tenemos intención de lograr nuestra mejor marca esta
mañana. Pasamos el primer control de carrera en el Km8 y giramos para subir por el Puerto Marítimo. Ya en el 10, José
Luis decide probar lo que puede dar y nos despedimos en ese punto.
Del
Km11 al 21.
Me sorprende la desbandada
generalizada, algunos corredores les gritan a los que se largan: ¿dónde vais
lanzados?, ¡que queda mucho aún! La verdad es que la gente ha pisado a fondo.
Sobre el Km11 me pasan Isabel González y Nando Carmona, les veo genial, sé que van a hacer un gran maratón.
Sobre el Km13 llega mi primera preocupación de
la mañana. Corremos muy dispersos los corredores, tengo muchos más metros de
distancia con el corredor de delante de lo deseado, temo quedarme descolgada,
desconozco el recorrido, no hay público que pueda guiarme si me entran las
dudas, ni gente de la organización. Hay tramos largos en los que corro en
solitario, a tirones, tratando de no perder por nada del mundo la espalda del
corredor avanzado. Mi intención de ir tranquila se va destrozando por momentos.
Tengo que acelerar…, relajarme.., volver a acelerar… y esto así no tiene muy
buena pinta.
Pasado el Km14, en el Paseo
de los Curas, voy forzada, continúa mi persecución y temo que si corro de esta
forma durante todo el maratón no me va a ir demasiado bien. Ha comenzado a
soplar el viento.
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Parece que me persigue el mismo Filípides, pero soy yo la que
lucho por alcanzar al corredor de delante. Foto cedida por Fotos de Deportes |
Coincidir con Vicky de Coentrena, que me reconozca y
corra conmigo algunos metros para tirarme una foto es un gran alivio, ¡al fin, unos
minutos de charla con alguien!
Llego al Km15, donde está el grupo de apoyo que
tenemos Daniel y yo: Leticia Teboul,
Gema Sierpes, Ernesto Luque y Pedro Frutos. ¡Qué energía da tener a
los nuestros en el camino, gritándonos, cargando con todo lo que podemos
necesitar que nos den, cámara en mano, inmortalizándonos con sus fotos!
Nada más dejarles atrás,
agarro las pasas y me como un buen puñado.
En el Paseo de Antonio
Machado, tras el Km16, pienso que
han servido mis entrenamientos de loba solitaria, esas tiradas en las que casi
no me cruzaba con nadie, la diferencia con hoy es que en los entrenamientos
sabía siempre hacia dónde me dirigía.
Hace calor, a ratos. En las
calles en sombra, con este viento que no cesa, hace frío, y más sudando.
Cambios constantes de temperatura durante todo el maratón. Cambios continuos de
ritmo.
Colocarnos en la salida de
un maratón con una estrategia es lo correcto, lo sensato y lo apropiado, poder
mantenerla hasta el final, hoy sé que ya no es tan sencillo, las circunstancias
son las que van a decidir sobre mi forma de correr, me encuentro algo
confundida.
A partir del Km18, sigo corriendo a tirones, a ratos
rápido, a ratos a mi ritmo, presionada por no perder al corredor que aún puedo
ver, con dolor de cuello, de tanto estirarlo para descubrir bien dónde están
girando los que van mucho más adelante. Tengo que considerar que alguno de
estos corredores puede pararse de repente y dejará de ser mi referencia. Calles
sin público; viento de cara que hace aún más duro seguir corriendo sola. Me doy
cuenta de que estoy muy nerviosa porque cada pocos metros bebo traguitos de
agua, como para sentirme acompañada, o no pensar en el descuelgue.
En el Km21 ya se ha pasado la mitad, solo pido poder establecer un rito
constante, no este machaque de rápido/lento, que me está descontrolando mis
planes de ir tranquila hasta por lo menos el 30 y no sé si lograré resistir.
Del
Km22 al 30.
Nada cambia. Metros y metros
en solitario, viento cada vez más fuerte de cara, sin público, y la única
compañía por unos segundos, la de los avituallamientos, con esos voluntarios
tan jóvenes, con toda su paciencia, atendiendo a nuestras manías, a mí me llenaban
mi botella sin dudarlo: ¿hasta arriba?, preguntaban, ¡sí, por favor!, respondía
yo.
Como pasas como si no
hubiese kilómetro futuro, a puñados, sin pensar si me podían hacer daño en el
estómago. Llevo abundante líquido dentro, resuena en mis tripas, demasiado
silencio para una carrera, solo escucho mis pisadas.
Durante el Km22, antes de llegar al Palacio de
Deportes José María Martín Carpena, un trayecto de ida y vuelta común, mientras
avanzo hasta girar, observo a los corredores más rápidos, le grito a Daniel
Fuentes, que con su música, ni se entera. Un buen ratito para relajarme
acompañada.
Un corredor de piel muy
blanca y rubio está corriendo con un vestido de sevillana.
En el Km25, recorriendo la Avenida de Europa, me acordé de las palabras
de Carles Castillejo, cuando
comentaba que los populares todos tenemos liebre, porque unos corredores nos
llevamos a otros. En esta ocasión no es así. A mí no me lleva nadie, más bien
me arrastra en una carrera agónica por una ciudad que no conozco, con un
recorrido que no sería capaz de trazar sola.
En el Km27, por el Camino de San Rafael, se me ocurre tener un largo
monólogo con el del mazo, le comento que ésta debe ser una de esas situaciones
ideales para él, las que aprovecha para intimidar al corredor, para meterle la
duda en el cuerpo: ¡mira qué solitario vas!, ¿no estarías mejor con tus amigos
en la playita?, ¿seguro que quieres seguir de esta forma más rato? No apareció
en toda la carrera, no sé si me vio muy segura o muy pesada. Me dejó tranquila.
Y de golpe caigo en la cuenta de que ¡estoy feliz!, ¡mucho! No me duele nada,
mi cuerpo va respondiendo bien y con la cabeza no tengo dudas. Esta dualidad
sólo se da en un maratón, difícil de explicar, complicado de entender. A la vez
estaba feliz y aterrada; al tiempo tranquila con mi forma de ir respondiendo, y
alterada por lo que estaba viviendo.
La soledad del corredor de fondo, existe.
Tracé un rápido resumen
mental, y acepté que si esto era así poco podía hacer, solo resistir. Me tocaba
luchar como pudiese hasta llegar a la zona más concurrida.
En el Km29 iba muy concentrada en ver girar a los corredores que con
dificultad distinguía a los lejos. Algunas personas aparecían de repente por la
calle, con el pan en una bolsa, o el periódico, nos animaban y casi ni los
miraba, tan atenta como andaba con mi labor. De repente, escucho pasos rápidos
a mi derecha, giro levemente la cabeza y exclamo, ¡toma ya, un tractor, y mira
cómo viene! Un corredor con pantalón negro, camiseta también negra, sin mangas,
y pañuelo a la cabeza me recordó tanto a Ángel Contador de KMS,
que casi le pego un abrazo. Corría a muy buen ritmo y pese a verle alejarse sin
remedio me regaló unos minutos muy agradables. Y tanto me concentré en la
estela del tractor, que al grupo, de unas seis personas, situado en la calzada en
el Km30, gritando mi nombre, no
conseguía ubicarlos, hasta que esas barbas me resultaron muy conocidas, y ¡qué
gran sorpresa descubrir allí a David
Menéndez y Miguel Matías!
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Nunca imaginé una calle tan desierta de maratonianos. |
Del
Km31 a Meta.
En el Km31 nuevamente mi grupo de apoyo. Nunca os agradeceré lo
suficiente que justo en este maratón, tan atípico, hayáis estado ahí. No sé si
hubiese sido posible sin estas pequeñas dosis de energía con las que me
cargabais nada más veros. Si algo tenía claro es que debía terminar, por mí,
por vosotros, porque este viaje fuese perfecto, y el puente sólo cobraría sentido
si cruzaba la Meta.
Del Km33 al 34 el recorrido es común entre los corredores, subíamos por
la Avenida Ramón y Cajal y bajábamos por la de Jacinto Benavente. A partir de
ese punto me vino bien tomar mi ritmo, iba cansada, había gastado las fuerzas
antes de lo planeado. Aquí en los jardines veía a los corredores más rápidos
camino del final, y a algunos que llevaba detrás, como parte de los Coentrena, me permitía saludar a muchos,
nos dábamos ánimos a gritos entre nosotros. Hubo corredores que se quedaron
clavados en seco sobre el asfalto. Otros que arrancaban y paraban, con el
sufrimiento reflejado en sus caras, por los calambres, tirones. El tramo cruel,
el campo de batalla, en el que vemos tambalearse a los de al lado, sin evitar
preguntarnos si seremos los siguientes en caer o nos salvaremos.
Afortunadamente, en este tramo
me sentía contenta, ¡menuda diferencia con todo lo anterior! ¡Gente! Creo que
nunca me voy a volver a quejar por las carreras en las que casi no nos podemos
ni mover.
Al dejar los jardines atrás,
en el Km37, pinchazo intenso en el
gemelo derecho, casi era previsible, por los cambios de ritmo, y los de
temperatura. Justo en ese punto fuimos bastantes los corredores que nos
lanzamos a por el voluntario de la bici con el Reflex, era nuestra salvación,
yo solo lo necesitaba para el gemelo, el resto añadieron rodilla, cadera…
Estaba claro, era para seguir contenta.
En el Km38, nuevamente mi grupo de apoyo. ¡Qué gritos Gema! Casi te oigo
hasta el km siguiente. Le dejo a Pedro todo lo que me sobra, los geles, la
botella… Hay que liberar peso, que a partir de ahora ya no sobran las fuerzas.
Llegar a la zona centro, es
la salvación.
De golpe, todo cobra
sentido. Bandas tocando, el público volcado, haciéndonos pasillo, gritos de
gente sin conocernos, la piel erizada, un nudo en la garganta, las lágrimas
amenazantes… Y el reloj no importa, ya
me da igual que siga corriendo, total, siempre lo va a hacer mucho más rápido
que yo. Sé que aquí y ahora está la respuesta, si desprecio este momento, por
ganar unos tontos minutos, me marcharé de Málaga solo con la sensación de haber
corrido un maratón muy solitario. ¡Sonrío! ¡Disfruto! Y choco las primeras
manitas de la mañana, agradezco con el pulgar levantado esos ánimos, poso para
quienes me dicen foto. Le aplaudo al señor que con voz ronca me grita: ¡Esa
morena…, esa morena…, que va a terminar…, que termina…, que cruza la Meta! Le
tiro un beso a la señora a la que le sale de dentro ese: ¡viva los cojones que
tienen las mujeres corredoras! Y no es la única, no queda una, joven o mayor,
que no me dedique su frase de aliento.

Pasar nuevamente por delante
de la Alcazaba y de la Catedral, esta vez corriendo.
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Teatro romano a los pies de la Alcazaba |
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Catedral de Málaga |
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Interior de la Catedral. |
Disfrutar del ambiente de la
concurrida calle Larios.
Y creo que continúo corriendo,
porque hay un período de ensueño, de irrealidad, de gozo, de felicidad, de
comprender que vivir esto es único, y hoy toca en Málaga, sé que no es esa
marca deseada (porque la mía se quedó en el Puerto) lo que engancha de un
maratón, es este ambiente, son estos 3 últimos kilómetros, ese reconocernos el
esfuerzo de tantas horas por parte de los demás, esa alegría de saber que
nuevamente lo hemos logrado, que empezamos siendo muy diferentes a como
terminaremos, porque estas cuatro horas y pico me han servido para encontrarme
conmigo nuevamente.
Ese correr tranquilo termina
en cuanto distingo las vallas, bajo un poco la cabeza, como embistiendo al
objetivo, miro al frente, y corro lo más rápido que puedo en esas
circunstancias, sin poder hacer mucho caso a los que gritan mi nombre, sabiendo
que esa alfombra azul pronto la van a sentir debajo mis pies y ese arco me
acogerá y habré superado, nuevamente, UN MARATÓN.
Lunes,
después del maratón.
Mirar la medalla durante el
desayuno, recordar todo lo vivido la mañana anterior. Tener tiempo para
recorrer la ciudad, de otra forma, tan distinta, con esas calles, esos rincones
que nunca volverán a ser iguales para nosotros, haber corrido por ellos durante
el maratón nos hará llevarlos para siempre muy dentro.
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¡Qué bien se siente una tras superar un nuevo maratón! |
Visitar la Alcazaba con dolor
de piernas, subir los escalones de piedra, distinguir abajo, a lo lejos, el
Puerto y recorrernos mil sensaciones de nuevo.
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Suerte que no hemos corrido el maratón por estas cuestas. |
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Vista del Puerto desde la Alcazaba |
Descansar en la Malagueta,
comenzar a soñar con un nuevo maratón.
 |
Pasar por Málaga y no comer espetos, no tiene perdón. |
Gracias a todos por vuestro
apoyo, no solo el día de la carrera, sino durante todos los meses de la
preparación. ¡Va por vosotros!
María
Caballero
@MCG66Madrid