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viernes, 2 de marzo de 2018

El maratón, ese que me obliga a vivir a medias



Madrid, 1 de marzo de 2018


Durante la preparación de mis primeros maratones estas cuestiones ni me las planteaba, bastante tenía con controlar el miedo a lo desconocido, autoconvencerme de que podía superar esa tremenda distancia, y creer ciegamente, sin constatar, en lo que leía o escuchaba de que si lograba correr 30 entrenando, conseguiría completar los 42 y pico el día señalado.



A medida que han aumentado el número de maratones, lo más duro de seguir un plan es renunciar a tantas cosas para lograr llegar con una preparación adecuada a la salida, y evitar hacer muchas por no lesionarme, no agotarme, estar descansada para las tiradas largas, en definitiva, renuncias... y más renuncias. Es como encontrarme con las manos atadas durante tres meses y no parar de ver carreras, quedadas, planes de fines de semana… y no permitirme agarrar nada de eso. No sé si os sucede igual pero a mí justo cuando no puedo es cuando más me interesa todo. En otro momento, igual ni me lo plantearía, es encasillarme en el período de “¡peligro, a ver qué haces!” y me cambian los gustos.



También me planteo que igual esta impresión de pérdida que siento no es solo por lo esclavo que es el plan, que es más por la edad, y por la sensación de que cuanto más corro yo más corre mi calendario, y los meses se esfuman sin poder realizar lo planeado, porque el día 1 anoto mil actividades, y cada semana se van cayendo unas cuantas, y al final de mes, no he logrado ni la mitad. Cuando el plan maratón aparece, en un mes lo que más destaca es entrenar para él, y tachado hay poco porque lo fundamental es cuadrar los kilómetros semanales como sea, me da la sensación de que no vivo, o lo hago a medias, y lo que antes me parecía que era pasión, ya no lo es tanto, miro al maratón a los ojos y me sigue gustando, y tan solo su nombre me provoca cosquilleos en el estómago, y cuando otros me hablan de él no se me va la media sonrisa y mi cabeza trata de imaginar cómo serán esos kilómetros en esa ciudad o país que ni conozco.


Mi amor por esta distancia sigue ahí, creo que desde la primera vez que se prueba es adictiva, se mete tan dentro que vivir separados cuesta. Y me gusta descubrir en el resto esa mirada diferente de quienes están preparando uno, porque, fijaros, la forma de mirar varía, y ese leve y permanente nerviosismo con el que convivimos, también difícil de captar, que no nos abandona hasta cruzar la meta. Lo que va dejando de apetecerme es entrenarlo, porque el plan maratón es una dedicación egoísta de tiempo a nosotros mismos, que implica un desdoblamiento que hace que estemos sin estar, porque nuestro cuerpo ahí anda, pero ¿nuestra cabeza dónde se halla?, un cierto distanciamiento de la gente, al convertirse en nuestro prioritario interés entrenar, y lo que me resulta más cruel de todo, el plan maratón es una lotería con apuesta ganadora que sacamos el primer día y que en cualquier momento nos pueden arrebatar, aunque para que no suceda vamos a agarrar bien fuerte el boleto y no lo soltaremos hasta superar la meta de nuestros 42 y pico.

Hasta que vuelva.



María Caballero
@MCG66Madrid





sábado, 7 de mayo de 2016

No es tan solo por un trozo de metal - Maratón de Madrid 2016


Madrid, 24 de abril de 2016 – 9:05 horas

No quería correr el maratón de Madrid, al menos no tan pronto, deseaba que transcurriese más tiempo desde el del 2014 y el siguiente en esta ciudad. No soy como otros maratonianos que, edición tras edición, se colocan en la misma línea de salida para luchar un recorrido similar. Sin ser supersticiosa, en este terreno sí lo soy y me entra un desasosiego complicado de quitarme. Prefiero variar, incluso con el inconveniente que supone una ciudad extraña, de calles que no me dicen mucho. No me gusta hacer una y otra vez el mismo maratón, recordar el punto en el que me dio el calambre, aquél en el las fuerzas iban muy justas, ese otro en el que los dolores me hicieron dudar si alcanzaría la meta… prefiero dejar que el tiempo emborrone los recuerdos.


Bolsa del corredor

Avituallamiento final de carrera

El responsable de que hoy me cuelgue este dorsal es Chema Ocaña y su Comunidad del Anillo, por su propuesta de acompañarle en su debut en esta distancia. Finalmente, los planes no resultaron como deseábamos y, nuevamente, como es costumbre, lo corro sola.

El Parque del Retiro a las 7:30 horas de la mañana es un hervidero de corredores. A lo largo del Paseo de Fernán Núñez no paro de encontrarme con gente conocida, tanto con los que se dirigen al exterior del parque, al Paseo del Prado, como con los que, como yo, van hacia el ropero. Es el mejor momento para pasar por el baño, las colas son aceptables. El ropero va rápido, al llevar la mochila dentro de la bolsa reglamentaria con la etiqueta pegada con el número de dorsal, la entrega se agiliza bastante.



Foto de José María Facila

A continuación, la idea es ir al Palacio de Cibeles para la foto de recuerdo con el resto de compañeros y con la gente que, a lo largo de la mañana, estará animando por las calles. Al pasar por los cajones, y verlos tan vacíos, el sentimentalismo de la foto se enfrenta a la realidad de conseguir un buen lugar en mi cajón, que supondrá situarme delante de muchos corredores. Tras dudar varios minutos, decido entrar, calentar y relajarme aguardando la hora de empezar.

Al principio la paz reina. Algunos deben verme cara de saber de lo que va aquello y me preguntan por el recorrido, si es tan duro como parece sobre el papel; otros, que harán la media, si se enterarán o verán claramente el desvío a tomar… y así me olvido del mordisco en el estómago que me acompaña desde que me levanté. Y llega el bullicio. Múltiples voces, que se confunden con lo que nos trata de contar el speaker, el remolino de pensamientos que llevo en la cabeza a ratos me impide escuchar nada. Lo único que se me queda grabado es que protección civil recomienda hidratarnos a conciencia, la temperatura a partir de las cuatro horas en carrera, será alta.

Por fin anuncian la salida, despegamos andando, durante metros y metros, hasta que no piso la cinta no inicio un ligero trote, no merece la pena malgastar fuerzas en adelantos, ya habrá tiempo de correr.

Del Km1 al 10. Calentando.

No volveré a cometer el error de comenzar demasiado fuerte los primeros kilómetros, ¿cuántas veces me habré repetido esto durante los entrenamientos? Y ahora en el Paseo de Recoletos, en cuanto logro espacio en el asfalto, descubro que voy acelerada. Trato de acomodar el ritmo, de mantenerme en los seis minutos/km por el momento. La gente va lanzada, nerviosa, gastando energías en zigzaguear  de un lado a otro. Antes del Km2 me saluda Carlos Garrido Gutiérrez, en este instante nos desvirtualizamos. Poco después sucede igual con Vizcacha y Lisbeth Schou, tras unas breves frases les veo avanzar entre los colores y los pierdo. Sobre el Km3, está David Villarino, en la acera, aguardando a alguien.

Hallamos un montón de gente animando en la primera parte. En esta carrera, mi buena memoria no es suficiente para recordaros y situaros a cada uno por las calles, hacía años que no veía algo igual.

Los primeros kilómetros no los defino ni más sencillos ni más cómodos, simplemente vamos descansados y bromeamos con quienes coincidimos y de momento todo nos parece posible, eso sí, en Madrid, son de subida. Además, es un tramo conocido, que hemos recorrido en múltiples carreras, el Paseo de la Castellana, amenizado a la derecha con los corredores de los 10K que corren hacia su meta.

Pronto llegamos al Km5, el primer avituallamiento, con la carretera regada de tapones. En las primeras mesas no hay agua. Avanzo, dejo pasar hasta tres mesas porque los corredores están apiñados frente a ellas, con los voluntarios abriendo los plásticos y sacando botellas lo más rápido que pueden, que para nosotros no es suficiente, me veo obligada a quedarme parada hasta que, finalmente, me entregan una botella. Por suerte, va con el tapón. Trato de huir lo más rápido posible, prestando mucha atención a lo que está tirado por el asfalto, ya beberé más adelante. Los avituallamientos son todos así. Nos toca aguardar. Parar. Desesperarnos. Hasta que nos largamos con el líquido.

Es en el Km6 cuando me decido a abrir la botella, corremos muy pegados, constantemente alguien que se acerca en exceso me hace tropezar con su pie. Continuos empujones. Gente que a gritos pide paso. No logro tragar ni un sorbo, cuando un golpe en el codo hace que me tire la totalidad del agua por encima, la peor malparada es la malla, queda completamente empapada y yo, prácticamente sin líquido.

Cuanto más nos acercamos a las Torres Kio más público animando. A partir del Km7, en bajada, al tomar Bravo Murillo, sigue sucediendo igual, estos primeros diez kilómetros se corren sin pensar, transcurren saludando, recibiendo ánimos y sonriendo a la gente, conocida y desconocida. No hay que dejarse atrapar por el ritmo de los que corren la media, a partir de este punto se nota el acelerón que pegan.

De momento el escenario en el que me he movido no me ha permitido pensar demasiado, lo que es bueno, ahora llevo muy relajada la cabeza. El cuerpo también continúa genial.

Del Km11 al 20.  Hagamos bien las cosas.

Al enfilar Raimundo Fernández Villaverde se agradece el tramo en descenso, vamos relajados y eso nos permite seguir saludando a conocidos, como a Jaime Collado y Jaime Quiroga sobre el puente.



Hace un kilómetro que debía haber tomado mi primer gel, no me he atrevido a bajar la guardia y dejar de prestar atención a la aglomeración de alrededor. Aguardaré un poco más. Tanto Francisco Silvela como Serrano se suceden sin problema, 13 kilómetros menos que quedan para el final. Y alcanzamos la separación de la media y el maratón, en el Km13,5, a la fiesta de los corredores despidiéndonos unos de otros se mezcla la que tienen montada los Drinkingrunners, bastante antes de lograr verlos ya escucho las voces de Pablo Carmenado y Alberto Barrantes por el megáfono. Toca chocar manitas con los que están dispuestos en fila, Jorge Depe, María Matilla, Chema Ocaña y demás compañeros a los que agradezco la dosis de energía que nos metéis en el cuerpo para un largo trecho.

Adiós a Almagro y tras superar el Km15 toca Santa Engracia una de las zonas que no me gusta demasiado, se me hace larga y logra ponerme nerviosa, por el deseo de dejarla atrás. Los voluntarios de Madridpatina comienzan a tener constante trabajo con el Reflex. Quienes portan la vaselina apenas son reclamados por algún corredor. Es el momento de agarrar la bolsa de pasas y entretenerme un rato masticando.

Me sitúo en el Km18 sin ninguna complicación, deseando atravesar Gran Vía, con su clamor de público, una zona habitualmente concurrida a diario, hoy lo está aún más.

El calor pesa. El sol molesta. En cuanto diviso Preciados, el corazón se me acelera, siempre es así, inevitable, era el lugar en el que año tras año aguardaba a mi hermano en sus maratones. Gritan mi nombre a la izquierda, gracias Paloma Rodrigo por la foto. 



Disfrutamos. Corremos. Hay corredores muy serios, no levantan la vista del suelo ni un solo segundo. La felicidad existe, para mí es este tramo desde Gran Vía hasta la entrada a la Casa de Campo, estaría recorriéndolo repetidamente hasta agotarme. Entre cientos de caras desconocidas, distingo la de Javi Pintos, con su camisa blanca impecable, metros antes de la Puerta del Sol. A partir de aquí temo no ver a Pedro, o que él no me descubra a mí y permanezca aguardando. Acordamos el encuentro en la calle Mayor, pensando que estaría más despajada y es casi como Navidad, cuando se espera a los Reyes Magos. Afortunadamente coincidimos, me relajo hasta nuestro siguiente punto. 




Algo más adelante, nuevamente instalados Jaime Collado y Jaime Quiroga.

No sé si debido a la alegría que llevo dentro o a que empiezo a bajar la guardia, si no es por un chico que me agarra del brazo allí termino la mañana, antes de ver Bailén. Tropiezo en un gran socavón de la carretera y casi caigo de cabeza.

La idea era, ritmo constante y no forzar antes de la media.

Del Km21 al 30. Objetivo: salir entera de la Casa de Campo.

Las emociones del momento no han desaparecido.  La grandeza de la Almudena y el Palacio Real contrasta con el tamaño de los corredores. Veo grupos de gente cantando, con panderetas, pompones…, a Agustín Rubio, como todos los años, y sus Tigers y, cómo no, al jefe gacela, Román, también habitual de este rincón.


Foto de Román, Gacela de Vallecas

En la calle Ferraz superamos el Km21 con fortuna. Y nuevo avituallamiento al que se une el plátano, a los tapones y vasos, ahora añadimos la colección de cáscaras sobre el asfalto. Hay que correr como por un campo minado, sin dejar de mirar dónde colocamos los pies.

Conviene ir centrando la cabeza en la parte final. Principalmente para los kilómetros en los que la animación disminuye bruscamente y el cansancio puede hacer mella en nosotros. Somos muchos más los que competimos solos que los que marchan agrupados. Me da por observar las caras de los corredores y la concentración o el retraimiento es lo que destaca en la mayoría de ellas.

Del Paseo de Ruperto Chapí a la larga Avda. de Valladolid. En el Km24 decido tomar un gel, lo abro, y me distraigo con una chica que lucha para que su perro deje de ladrar, al animal no le gusta tanta gente moviéndose frente a su hocico, la humedad que recorre mi mano me devuelve a lo mío. La mitad del gel corre entre mis dedos, me veo obligada a malgastar casi toda el agua en limpiarme la mano. En Príncipe Pío reaparece el público, nos aplauden, agitan banderitas… es inevitable creerse importante, los críos incesantemente asienten con la cabeza y sonríen al mirarnos.

En el Km26 llega el siguiente avituallamiento. Alargo la mano, instintivamente, y en lugar de una botella me plantan dos geles, también pegajosos, ahora llevo ambas manos en condiciones lamentables. Unos metros más adelante recojo el agua que sé que voy a malgastar, por lo que decido tomarme un vaso de Powerade y de cabeza a la Casa de Campo.

No tiene que ver esta parte ahora con la que hubo hasta 2013. Personalmente me relaja, me permite establecer un esquema de la situación y meditar cómo afrontar los últimos kilómetros. Además, tantas tardes metida aquí entrenando, sola, deben servir para algo. Junto al camino, corredores estirando, sentados en el suelo retorcidos de dolor, caminando cojeando… no es alarmante, aunque ellos no piensen igual, en el maratón hasta la más leve rozadura ya es una gran contrariedad y estas paradas por el Km27 y 28 pasan factura. Me alegro mucho de ver a Susana Izquierdo, siempre me grita con tanto entusiasmo “vas genial María” que me lo creo totalmente.


Foto de José Carlos Juárez

Según me acerco al metro de Lago nuevo acelerón del corazón. Aquí sí que necesito ver a Pedro, regarme prácticamente con el Reflex, los gemelos llevan rato dándome ligeros pinchazos y la cintilla izquierda ya es una parte que no dejo de tener en cuenta ni un instante. Se le ve bien. Está situado alejado del tumulto pegado a la estación. ¡Qué casualidad que también se hayan situado allí Rafa Gómez Cambronero y Jose Escudero! El próximo encuentro será en el Retiro, él tiene muy claro que llegaré, yo… creo que también lo siento así. Queda lo más intenso. Del Paseo de la Puerta del Ángel, a la Avenida de Portugal, con su pronunciada bajada, a la gloria, o al infierno, depende.

He logrado completar los 30 kilómetros en menos de tres horas.

Del Km31 al 40. El momento de la verdad.

La sucesión de paseos que nos aguardan no lo son en absoluto en estos momentos para nosotros, de la Ermita del Santo a la Virgen del Puerto. Las piernas van cargadas, el cansancio se nota, este tramo no es bonito precisamente. A partir del Km33 subimos, cada zancada hay que medirla bien, ir pendientes de no tropezar con los compañeros que se paran en seco, de los peatones que se ponen nerviosos y cruzan por el medio, obligándonos a frenar.

Kilómetros en los que pienso poco sobre lo que sucede en ese instante, quiero llegar a Atocha, la antesala del sueño, inevitable replantearse el sufrimiento que supone correr un maratón, si ahora tuviese que tomar una decisión sería la de no correr nunca más otro, así de claro lo tengo, así de tontos son los pensamientos que me asaltan cuando las fuerzas merman.

El en Km35 decido tomar el último gel. Los voluntarios no paran de gritarnos que lo hemos logrado, que el final está muy cerca, sí, o lejos, las diversas visiones varían según la situación de cada uno. Reconozco que no he llegado tan genial en ningún otro maratón como hoy, según lo pienso, me recorre un escalofrío por la espalda, aquí no hay nada ganado hasta acabar por completo.

Mi ritmo ha caído, la zancada es más corta, no dejo de avanzar. Muchos corredores andan, otros se rinden en este punto, los brazos abatidos y la mirada baja hacen pensar en la derrota. No hay que dejarse arrastrar, solo seguir… continuar… paso… paso…

Veo el cartel del Km36, el conocido Paseo de las Acacias, innumerables las veces que he transitado por aquí. En cuanto supere la Glorieta de Embajadores de nuevo llegará el tumulto y la animación. Sentir a la gente renueva las fuerzas, quedan pocas, pero las hay. La anhelada Atocha y a proseguir con la subida, manteniendo la distancia de seguridad para evitar chocar con quienes se clavan sobre el asfalto. Alrededor gente llorando, andando, para algunos no está todo perdido. Es el momento de ¿y si me pasa lo mismo? No, hoy no es el día, quizás otro… esta mañana he salido a ganar, sé que en cuanto traspase la barrera de animación de los DrinkingRunners en el Km39 iniciaré un leve paladeo de disfrute, tímido, cauto, no conviene despreciar ni los ciento noventa y cinco metros, nunca se sabe, solo se termina del otro lado del arco.


Foto de @Edutri3

Efectivamente, ese punto es un gran empuje. Primero veo a María Matilla, le estrecho fuerte la mano. A continuación todos los demás Drinking. Maite Rodríguez, pizarra en mano, se lanza a correr a mi lado, me grita, me pregunta cosas… llevo la emoción clavada en la garganta, complicado hablar en estos momentos. Solo puedo darle las gracias, repetidamente. Mientras me despido, aparece Pablo Carmenado, sé que está contando algo por el megáfono al resto de la gente, no logro atrapar las palabras, se interesa por mí y me grita “vas genial, vas muy fuerte”. En parte tiene toda la razón, llego mejor que en otras ocasiones al Km40, Goya y Velázquez me renuevan los ánimos.


Foto de Maite Rodríguez
Foto de Drinkingrunners

Del Km41 a Meta. Los sueños se cumplen.

El tramo final es una película a cámara muy rápida, aunque el ritmo no lo sea. Las imágenes se suceden encadenadas sin darnos tiempo a asimilarlas. Por Príncipe de Vergara en el Km41, no puedo decir que me entere perfectamente de lo que sucede alrededor. Corro en automático, con la visión de la meta clavada en la mente. En un giro leve de cabeza descubro en la acera a Raimundo Zárate y Belén Delgado, los recuerdos de mi primer maratón pasan rápido en segundos. Retomo la concentración, tanto, que casi choco con Christian Camacho cuando se coloca delante para fotografiarme.


Foto de Christian Camacho

No quiero mirar a nadie más. Deseo entrar en el Retiro. Esa valla y el contacto con el Paseo de Fernán Núñez me inundan de fuerza. Podría tratar de igualar la marca anterior de Madrid, podría centrar la mirada en el crono y correr… correr, no es éste mi deseo, en absoluto. Muy al contrario demoro la marcha, disfruto del momento, saboreo la dicha que siento. Busco a Pedro entre la multitud del lado izquierdo. 



Logro distinguir a Fco. Javier Domínguez, que afirma con la cabeza y me sonríe. Y por fin, el rostro de Pedro, le grito con todas mis ganas “lo he logrado”, y salto, moderadamente, no vaya a fastidiarlo ahora. Cruzo la meta sin poder dejar de sonreír, completamente llena de energía interior, que contrasta con el gran cansancio que se ha apoderado de mi cuerpo. Recojo la medalla y al sentir su tacto sé que volveré a hacerlo, este maratón no será el último.






Me siento satisfecha, de lo logrado, de lo aprendido, de lo vivido, de todo lo que se puede compartir en unas cuantas horas.


Foto de Vizcacha

Fotos de José Luis Basalo





Saludos, abrazos, besos,


María Caballero
@MCG66Madrid




miércoles, 25 de noviembre de 2015

El QUINTO, sólo podía correrlo aquí, Maratón de Valencia 2015



Valencia, 15 de noviembre de 2015 – 9:00 horas

Una pareja de Córdoba, que al casarse se traslada a vivir a Madrid. ¿Dónde va de vacaciones un matrimonio con cuatro hijos pequeños? La mejor opción es volver al pueblo cada verano. Así pasamos varios años, hasta que mi padre decide que es hora de que la familia conozca el mar. Él ya lo había visto, cosas de la mili. Y como por tantos otros madrileños, la ciudad elegida fue Valencia. A mí la playa me pareció el lugar más maravilloso del mundo. El último día de vacaciones, mi padre me llevó a la orilla y me dijo: “despídete del mar hasta el próximo año”. Pedí con todas mis fuerzas poder volver de nuevo allí. Y el deseo se hizo realidad. A primeros de agosto de 1978, regresamos ilusionados a Valencia, el día 8, mi padre murió de un infarto. Igual a él le gustaba el mar tanto como a mí, y fue el mejor lugar para quedarse.

¡Qué dura de correr es la vida y no un maratón! Los 42 y pico, mejor o peor, se terminan en algún momento. Los kilómetros de la vida hay que continuar recorriéndolos, aunque no nos apetezca, ni nos agraden en absoluto.



No entraba en mis deseos volver a Valencia, en ningún momento me lo planteé voluntariamente, hasta que comenzaron a contarme compañeros a su regreso cómo era el maratón de esa ciudad, se me llenaron los ojos de deseo al ver pasar por delante tantas fotos. Leí todas las crónicas que pude localizar, de gente conocida, desconocida… En 2014 me hubiese gustado unirme a un grupo de personas a las que aprecio mucho, me faltó valor, no era el momento…

Amanece, debo correr un maratón.

En la mañana del maratón siempre hay un cóctel extraño de sensaciones y pensamientos: temor, alegría, pereza, ilusión, fuerza, angustia, euforia… y tremendas ganas de empezar, ¡que llegue ya!

Salimos del hotel, Rai, Belén, Pedro y yo. Creo que hablando poco. No es que los maratonianos nos levantemos de malhumor el día señalado, simplemente, en nuestra concentración podemos ignorar un poco a la gente a nuestro alrededor.

Caprichos del destino, coincidir con Cyty Zalazarlg
al salir del hotel camino del maratón

Apoyando al Reto Dravet con #lamorada
Tramo final antes de llegar a la alfombra azul


Afortunadamente, en el ropero no invierto ni cinco minutos en dejar la mochila. En los baños, la cola de hombres es considerable, la de mujeres, bastante reducida. 

Cuando llego, los cajones están muy llenos. Cuesta avanzar hasta el mío.

En la salida, guardamos un minuto de silencio por las víctimas de los atentados de París. A las 9, sale la primera oleada de corredores, los de menos de tres horas y media, y los que correrán los 10kms. Cinco minutos después me tocará a mí. Mientras recorro algunos metros hasta traspasar la línea, coincido con Javi Pintos, contrastamos nuestras sensaciones y los dos opinamos que el calor de la mañana decidirá, finalmente, nuestra forma de enfrentarnos a la prueba. Caminamos, más que corremos, durante el primer tramo algo estrecho, hasta que salimos a una avenida amplia. Entre gritos, silbidos, risas…, nos vamos despegando ligeramente unos de otros. ¡Con qué energía iniciamos esta aventura!

Del Km1 al 10.

Sobre el Km4,5, gritan a mi espalda: “una loba esteparia siempre encuentra a otra”. Para mi felicidad, al girarme, descubro a Mónica Arce. Era inevitable que nos encontrásemos, sin haber quedado, sin ponerlo en común, allí estábamos las dos, comentando lo especial que era para nosotras estar en Valencia, pocas frases, solo alguna mirada con la que nos decimos todo, corremos unidas.

En el avituallamiento del Km5, Mónica, más cerca de las mesas, agarra una botella de agua, me grita que lo deje, que tiene otra para mí, y tratamos de alejarnos sin tropezar con las botellas, los tapones…, y bebemos un poco más adelante. Cada una vamos metida en nuestra carrera, largos silencios, algún comentario, una sonrisa, sabemos que esto va a ser largo, mejor no desgastarnos innecesariamente. El calor es importante. Empapada por la humedad, casi desde el inicio.

En estos primeros kilómetros corremos bastante agrupados. No hay peligro de despistarse y errar el recorrido. También ayuda que una eterna línea azul nos marque las zonas de la carrera, ante la duda, mira hacia el suelo y sigue ese color.


En el Km7 atienden a un corredor tirado en el suelo ¿cómo se hace para observar a alguien así, mirar hacia adelante y proseguir corriendo? Seguramente, debe ser similar a lo que nos sucede al ver la televisión, nos impresiona una noticia, dejamos de prestarle atención, y reanudamos lo que hacíamos.

Bandas de música repartidas en diversos puntos hacen resonar los tambores. Les encuentro sentido. Me recuerdan a los de la selva, nosotros somos posibles animales a cazar y el tambor nos va indicando que la fiera puede andar cerca, ¿a quién le tocará el zarpazo de un calambre, de un dolor, de una lesión repentina? ¿A quién le alcanzará el del mazo? ¿Quiénes se salvarán? Sigo corriendo, algunos kilómetros después, otro grupo, con nuevos tambores que me aceleran el corazón.

En el Km7,5 distingo el primer difusor de agua. Lo que la organización llama de forma tan bonita, son simples mangueras conectadas a un camión y sujetadas por una persona. Le digo a Mónica que me voy al lateral, no me apetece ir más húmeda. Ella, titubea, y finalmente, decide no mojarse tampoco. A la mayoría parece apetecerles pasar bajo el chorro.

De nuevo avituallamiento, en el Km10, no dejes pasar ninguno, hoy es una orden personal. Aprovecho el agua y tomo mi primer gel.

Del Km11 al 20.

En el Km11 está Belén Delgado. Al verla le grito “¡Mónica va conmigo!”, sé que no me entiende, tenía que intentarlo. Poco después se nos une Prado Gutiérrez. Creo que llega más fresca que nosotras, lo digo por más habladora.

Foto de Belén en el Km11

Medio kilómetro después, qué subidón al ver a Agustín Rubio y Soraya Casla, con la bandera de los Tigers Running Club. En una ciudad que no es la nuestra es muy importante ver a alguien conocido de vez en cuando, aunque sea un instante, da fuerza, seguridad, nos aporta ese segundo de alegría que ayuda a relajar la mente. Un maratón se queda con parte de nosotros por el camino, a cambio, debemos llevarnos algo que merezca la pena recordar.

En el Km15 va siendo hora de agarrar las pasas. Las liebres al pasarnos nos recuerdan que hay que beber, que la mañana va a ser dura.

En el Km16,5 me paro para pedirle vaselina a Pedro, por las rozaduras entre las piernas. Para mí la opción del pantalón corto no es acertada en esta distancia tan larga, la pirata siempre me evita estos problemas. En este punto pierdo a Mónica y a Prado.


De la Media al Km30.

Antes de concluir la Media, Ángel Sánchez, o Contador, me descubre y grita mi nombre a pleno pulmón. Atravieso el asfalto de punta a punta, para rozar al menos su mano. Al acercarme me pregunta si voy bien, y comenta que me ve genial.

Suenan constantes pitidos intermitentes, acabamos de traspasar el Km21. Logro hacer la Media en muy buenas condiciones, me siento genial, tranquila, fuerte. Es un punto crítico, con gente andando, o agarrándose la pierna tratando de mitigar el dolor, o estirando en los bordillos de la acera. El público se vuelca en todo el recorrido. Las mujeres, al ver a otra corriendo, saben por quien tomar partido. Los niños, con toda su paciencia, extienden una mano con la esperanza de que alguien se la choque. Otros preguntan: ¿y papá? Imágenes que pasan muy rápido, ni siquiera somos conscientes de que las hemos captado, hasta que días después, nos sentamos a escribir, a tratar de recordar lo vivido y surge todo de golpe, y se nos hace un nudo.

Sobre el Km24, de nuevo Belén. Después Agus, Soraya y Julián Domínguez.

En el Km26 aguarda Pedro, como no necesito nada, aprovecha para sacarme fotos. Éste y el 27 los corremos paralelos a los Jardines del Turia.



Hasta el Km30 la carrera transcurre según lo entrenado. Permanezco optimista. No voy a lograr menos de cuatro horas, puedo luchar para quedarme cerca. Acuso algo el calor y llevo exceso de líquido dentro. Empiezo a tomar isotónico y orejones.

Del Km31 al 39.

Es el primer maratón con necesidad de ir al baño, ¡el exceso de agua!, pese a la situación en el 10, 20, 30 y 40, no localicé ninguno.

En el Km32,5, los de la manguera han formado un charco inmenso sobre el asfalto. Los corredores no nos queremos mojar los pies, porque si lo atravesamos, nos cubrirá el agua hasta el tobillo. Comenzamos a corretear hacia un lado y hacia el contrario, tratando de buscar la zona menos profunda. En el deambular, me gano un pisotón accidental de otro corredor, me machaca el dedo gordo del pie izquierdo. El dolor aparece como ligero en su inicio, pero irá aumentando según transcurran los kilómetros.

A partir del Km34 el maratón cambia un montón, dejamos las amplias avenidas y se estrecha el lugar por el que corremos. Cuesta avanzar entre corredores que van andando, hay que prestar atención porque otros se paran de golpe y debemos esquivarlos, o frenar en seco, para no golpearnos contra ellos, los ritmos caen, se nota el cansancio.

El público se reduce durante un tramo, para reaparecer en los kilómetros finales en los que son tan necesarias esas voces que nos empujan.

En el Km35, pienso que mi carrera puede hallarse sentenciada. El dolor se torna insoportable, desde el dedo, ha subido hasta la rodilla y lo noto por el muslo, camino del glúteo. Si quienes no corren nos leen, pensarán que lo que contamos son simples excusas, sin serlo en absoluto, para justificar una mala o fallida carrera. El maratoniano se propone correr lo mejor que ha entrenado, o puede hacerlo ese día, por su parte, el maratón dispone lo que nos tocará a cada uno de nosotros. Me espera Pedro. Al no disponer de un pie de recambio para mí, no le comento nada sobre el suplicio para no preocuparle.




En el Km36, el dolor del pie se torna insoportable, piso mal y afecta también al gemelo. Encuentro a uno de los voluntarios con Reflex y el líquido me ayuda a continuar. En este kilómetro llevo el estómago muy lleno de líquido. Solo he tomado un gel y pasas hasta el 30. A partir de ese kilómetro, he sobrevivido a base de orejones, me hubiese venido genial tener algún otro gel dentro del cuerpo, pero el miedo a que no aguantase el estómago ha impedido que lo tomase.

A pesar del estómago revuelto, sigo bebiendo porque en los dedos de los pies han aparecido ligeros calambres, no quiero padecer los estragos de la deshidratación.

Del Km40 a la META.

En el Km40 me paro. Agarro un vaso de isotónico y sin pensarlo lo trago con ansiedad. Nunca he tomado más avituallamiento del que pensase me correspondía. Pido perdón a la voluntaria y agarro un segundo vaso. Me lo bebo igual de rápido, no me da ni por pensar si me va a sentar mal. Estoy colocada como un ave zancuda, la pierna izquierda encogida para reposar unos segundos el pie del asfalto. ¡El dolor me está matando! La chica me sonríe y me dice: “toma, María, te dejo esta media botella, para que te la lleves, verás cómo así consigues llegar hasta la meta”. Le doy las gracias, reanudo la carrera, y le vuelvo a agradecer su gesto.

Seguramente ese ángel con papel de voluntaria, sí que me ayudó a alcanzar la meta. Corro… y bebo…; corro… y bebo… El estómago no va nada bien pero la verdad que me reanima cada trago que doy. Agarrada a esa botella, no quiero dejarla por nada del mundo, parece posible el final.

Noto de repente que he comenzado a hablar en alto, un corredor grandote, más alto que yo, mira hacia abajo con cara de sorprendido, y caigo en mi charla: “vas a correr sobre el agua; lograrás conquistar la alfombra azul; te quedan dos kilómetros; sí es posible, vas a terminar…” Y así prosigo, hablándome, corriendo y bebiendo. Avanzando.

En el Km41 hay corredores que literalmente se clavan al suelo, agachan la cabeza, y ya no logran continuar. Me gustaría gritarles: “¡no, tan cerca, no! ¡Sigue!”. Pero no tengo fuerzas. La gente sabe leer las caras de los corredores. Corro mirando al suelo, mi gesto no debe ser el mejor del mundo. Deben pensar caeré también, que me pierden, y leen el nombre en mi dorsal y se inicia el milagro de los ánimos personalizados: “María corre, María que ya lo tienes, los críos me corean. No me quedan fuerzas, no sé dónde las busqué, ni de dónde surgieron, me veo chocando manitas, dando las gracias, forzando sonrisas que regalarles. Esas personas a la que no conozco, ni volveré a ver, me están proporcionando el impulso necesario para llegar hasta el final.

Ver por fin la Ciudad de las Artes es increíble, como entrar en una película, las pupilas se agrandan para no perder detalle. Toda esa marea humana gritando, al otro lado de las vallas, parece empujarnos con cada palabra. Confieso que voy tocada. Hay gente aún peor, los corredores a los que logro dejar atrás, más lentos que yo. Algunos caminan con la barbilla rozando el pecho, abatidos, les veo rodar una lágrima por la mejilla. No es momento para ser sensibles, es hora de ser dura, de proseguir avanzando, pensar únicamente en que esto se acaba, en que yo sí acabo.


¡El cartel del Km42 es lo más maravilloso! Tras dejarlo atrás, un giro, un tramo recto, y finalmente la alfombra azul. ¡He logrado llegar nuevamente hasta ella como una corredora, he logrado entrar en META corriendo! No me han vencido ni el calor, ni el dolor, ni el agotamiento. ¡CONCLUÍ, al fin, mi QUINTO MARATÓN!

Foto de Ana Korricolari

Al cruzar la meta me siento verdaderamente cansada. No es el maratón que quería correr, no es el que traía entrenado. Es el que me ha tocado, es el que he hecho, el que he corrido. Lograr cruzar esta meta ha sido muy duro, todo el camino en su conjunto, desde tomar la decisión, pasando por los entrenamientos, hasta situarme en Valencia. No es nada recomendable llegar a un maratón con un cinturón lleno de sentimientos, el de los geles se va vaciando, las pasas se agotan y aligeramos algo de peso, pero los sentimientos permanecen, nos persiguen por todo el recorrido, y llegan con nosotros hasta esa línea donde podemos posarlos y despedirlos.

Recojo el avituallamiento, me dan la  medalla, y sin mirarla, la guardo en la bolsa. Esta quinta es un poco agridulce, no es la que me ha puesto más contenta. Terminar este maratón, simplemente, hace que me haya quitado un gran peso de encima. Debía correrlo, tenía que volver a Valencia, si mi padre me enseñó algo que tanto le gustaba como era el mar, yo tenía que enseñarle a él, que pese a lo que sufro, a mí me gusta mucho correr un maratón, porque durante esas horas me siento más viva que nunca.


No sé si regresaré o será la única vez que habré corrido sobre el agua y sentido que la alfombra azul, tiene un poco de vida también, con cada zancada se mueve, vibra, igual que lo hacemos los maratonianos al traspasar la meta. Es un maratón muy recomendable, y el lema de "no es lo mismo correr, que correr en Valencia", completamente cierto. Y de los valencianos, ¡qué contaros!, tan volcados tanto con la prueba como con los corredores.

Tenía pensado, si lograba un tiempo de menos de 4 horas, que éste fuese mi último maratón, como me he quedado 18 minutos bastante lejos del objetivo y todo se ha alineado en contra, significará que debo ir buscando uno nuevo que correr.

Me cambio de ropa. Me cuelgo la medalla, y a comer y a pasear por la Malvarrosa, que hay que sufrir lo justo y disfrutar todo lo que podamos.


Restaurante Els Angels




Grata coincidencia con el gallego Óscar Miranda, que tras correr 
el maratón, come también en Els Angels en la Malvarrosa 
y aprovecha para pasear por la playa


¡Filípides, pienso ganarte también en el sexto, espérame!

Saludos, abrazos, besos,

María Caballero
@MCG66Madrid





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